TESTIMONIOS DE INVIERNOS COMPARTIDOS EN LA MONTAÑA DE LEÓN

 

Son muchas las historias que nos pueden contar los habitantes de la montaña de León sobre los inviernos pasados. En estas líneas he recogido algunos testimonios que bajo mi punto de vista demuestran que la época invernal, larga y adversa, se pasa mejor de forma compartida.

Actualmente tenemos muchos medios que nos hacen la vida más fácil, pero no hace mucho las cosas eran diferentes y si las personas querían que sus pueblos estuviesen acondicionados, pudiendo llevar una vida lo más cómoda posible, tenía que ser gracias a la solidaridad entre los vecinos y la preocupación por lo común.

Había que trabajar mucho porque a las tareas cotidianas se sumaba la labor que requería quitar la nieve y mantener los pueblos comunicados. Entre todos se llevaba mejor, según cuenta José Fernández, conocido por todos en Redipollos como ‘Pepe Gafas’, que me dijo: “Nevaba mucho y cuando hacía viento se formaban grandes trabes, salíamos a espalar, llegábamos a casa y ya estaba otra vez todo tapado y había que volver a empezar”.

Pepe me explicó la metodología que utilizaban. Lo primero que hacían era untar las palas por la mañana con el sebo que habían guardado de la matanza. Con el calor de la lumbre la grasa se deshacía bien y la nieve no se pegaba a la herramienta. Después de comer el presidente de la Junta Vecinal tocaba las campanas para que todos saliesen de hacendera a quitar la nieve con sus palas. El presidente llevaba una vara que tomaba como medida para marcar los denominados varales, que eran los tramos que tenían que espalar cada pareja a lo largo. El trabajo se hacía de dos en dos y siempre se buscaba emparejar a un zurdo y a un diestro para poder tirar la nieve uno para cada lado sin estorbarse. Los de Redipollos quitaban la nieve hasta un poco más allá del cruce. Los de otros pueblos también trabajaban unos para un lado y otros para otro hasta encontrarse. Era un verdadero ejemplo de organización y trabajo conjunto para conseguir un beneficio mutuo.

Eran inviernos duros en los que no faltaban las reuniones de la gente de los pueblos, como en Polvoredo, donde vive Natividad García. ‘Nati’ regenta aún el único bar-tienda del pueblo, que fue montado por su padre en los años 50 y donde siempre te recibe con una sonrisa y dispuesta a mantener conversaciones agradables y ayudarte en lo que necesites. Conversación como la que mantuvo en una entrevista hablando sobre las hilas y en la que ella decía: “El invierno de ahora no es como el de antes, ahora no hay problema, pasa la máquina y quita la nieve, ahora tenemos de todo, pero antes lo pasábamos mejor. Nos reuníamos en las hilas”.

‘Nati’ explica cómo todas las tardes se reunían alrededor de la lumbre parientes y amigos a pasar el rato antes de ir a dormir a casa. La hila es el nombre que se le da a estas reuniones, debido a que las mujeres se juntaban fundamentalmente para hilar. Como todos tenían ovejas, utilizaban la lana para hacer calcetines, chaquetas… También hacían escarpines para poder meterlos en las madreñas. Mientras, los hombres hacían tarucos también para las madreñas y jugaban a las cartas. En las hilas se cantaba, se comentaban las nuevas del pueblo, se contaban anécdotas y chascarrillos y se pensaba qué se podía mejorar.

Tenían tiempo además para el ocio, sobre todo los niños, usando la nieve para divertirse y practicar actividades de invierno. Prueba de ello fue una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle en el año 2009 a Secundino Rodríguez, que sigue viviendo en la localidad de Maraña, donde nació y donde es conocido como ‘Cundi’.

Este reconocido esquiador destacó cuando se celebraron en su localidad natal los campeonatos provinciales y regionales, que le permitió convertirse en un referente nacional del deporte blanco. Participó en slalom, slalom gigante y descensos y fue campeón provincial y regional en diversas categorías. Cabe señalar también que ‘Cundi’ fue campeón de España con 17 años en la competición celebrada en Navacerrada (Madrid) en el año 1967.

Formó parte del equipo nacional español durante nueve años, representando a nuestro país en el equipo olímpico en Grenoble (Francia) en 1968 y en los mundiales de Valgardena (Italia) en 1972 y de Val d´Isere (Francia) en 1973.

Cuando le pregunté por sus inicios como esquiador me contestó sin dudar: “Desde que empecé a andar”. Me contó además que antes en Maraña había aproximadamente 35 niños y 35 niñas y que todos esquiaban. Aquellos años 60 eran tiempos difíciles, lo cual daba más mérito a los que practicaban este deporte, porque utilizaban esquís de madera de haya fabricados en casa y unas botas de goma atadas con cintas de cuero o cuerdas que hacían de fijaciones. Sin embargo, todo se basaba en el trabajo en equipo, subiendo y bajando por la ladera y pisando ellos mismos las pistas, creando vínculos de amistad que permanecen en el tiempo y que ayudan a sentirse parte de un lugar.

Ya no nieva como antes, pero el que mejor nos lo puede contar es mi amigo Teodoro Cimadevilla. ‘Doro’, como le conocemos, tiene una pequeña estación meteorológica en el corral de su casa de Lario. Muchas veces cuando paras a saludarle está pendiente de sus barómetros y si te dice “ahora si va a nevar”, tienes que estar preparado para la que viene. Cuando empiezan las nevadas todas las mañanas coge la pala y abre una pequeña vereda para llegar a su pluviómetro. Anota los datos y el último día del mes los manda por correo postal a la Agencia Estatal de Meteorología en Valladolid. Así lleva 34 años haciendo sus partes y predicciones particulares que muchos paran a consultarle.

Al preguntarle si ahora nieva como antes, me responde con seguridad que ni una parte. Me contaba que caían grandes nevadas y que la gente tenía que salir de sus casas con esquís, como los que él hacía, porque era carpintero, con madera de fresno.

Para finalizar me dice: “Había gente fuerte y nos ayudábamos unos a otros. Un día a las once de la noche comenzaron a sonar las campanas a hacendera. Sonaban las de Acebedo, tan tan tan, y las de Lario, tan tan tan… Una mujer de Maraña estaba de parto y la bajaban tumbada en un colchón sobre una escalera. Todo el pueblo salió de sus casas para llevarla hasta Burón, que allí vivía el médico. Y relevándonos unos a los otros conseguimos llegar a tiempo”.

Ahora han vuelto las hacenderas, gracias a la entidad Cidecot y colaboradores, que trabajan duro para que las personas de la montaña leonesa puedan conseguir su futuro preferido. Y dados los ejemplos que nos preceden, no hay mejor camino que la unión y la colaboración para conseguirlo.

En fin, es un orgullo compartir inviernos con personas que se ayudan, de las que siempre aprendes y que hacen especiales estos lugares que todavía tienen muchas historias que contar.

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2 Comentarios TESTIMONIOS DE INVIERNOS COMPARTIDOS EN LA MONTAÑA DE LEÓN

  1. Javier De Rábano

    Que gran artículo, cuanto que contar de los que más tiempo llevan aquí, a los que esta sociedad no presta toda la atención que se merecen e intentar aprender de sus vivencias para estar más preparados para los retos futuros que nos vienen, sabiendo que la historia se repite.

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  2. Eloy Miguez del Campo

    «Dices de provocar emociones»…para los que te seguimos,leemos y compartimos tus publicaciones,…emoción eres tú!

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